Las razones del Corazón- (2)

Publicado: agosto 1, 2011 en Arts. Jorge Camiro Bobadilla

(Artículo que antecede a “El amor Platónico: El amor Griego Posted: julio 4, 2011 by filosofart in Arts. Jorge Camiro Bobadilla“)

Diálogo de Platón: Fedro (1)

Es Sócrates quien encuentra a Fedro leyendo un discurso sobre El amor (de Lisias). Fedro encuentra maravilloso el arte de Lisias, al hablar del amor, nos menciona que debemos creer las palabras de quien no nos ama más que las de un verdadero amor. Éste arrebatado por su pasión, no sentirá gratitud alguna por su amado y le abandonará cuando su ardor se haya extinguido.

En cambio, quien no ama, el amante no apasionado, equilibrará sabiamente sus demandas con sus ofertas, será prudente y conducirá todo el asunto del modo más útil para él y para el amado. Es dado observar que cuando se refiere a aquel que no ama, se refiere concretamente sólo al que no ama dominado por la pasión. Sócrates opina que en cuanto al contenido, Lisias ha dejado de analizar ciertos elementos y que hubiese sido bueno hacerlo. Tras los pedidos de Fedro, Sócrates, ante  todo, da una definición del amor, y dice que el amor es esencialmente deseo. Pero hay dos formas de deseo, una es aquella que tiende solamente al placer y la otra es la que tiende intelectualmente sólo al bien. El amor apasionado se acerca mucho a la primera, es deseo irresistible e insensato de la belleza.

Psique y Eros

El amor no apasionado y sus ventajas se desprenden del amor en si. porque es lo opuesto al amor apasionado.

“Que el amor es un deseo, es una verdad evidente; así como es evidente que el deseo de las cosas bellas no es siempre el amor. ¿Bajo qué signo distinguiremos al que ama y al que no ama? Cada uno de nosotros debe reconocer que hay dos principios que le gobiernan, que le dirigen, y cuyo impulso, cualquiera que sea, determina sus movimientos: el uno es el deseo instintivo del placer, y el otro el gusto reflexivo del bien. Tan pronto estos dos principios están en armonía, tan pronto se combaten, y la victoria pertenece indistintamente, ya a uno, ya a otro.”

Cuando el gusto del bien, que la razón nos inspira, se apodera del alma entera, se llama sabiduría; cuando el deseo irreflexivo que nos arrastra hacia el placer llega a dominar, recibe el nombre de intemperancia. Pero la intemperancia muda de nombre, según los diferentes objetos sobre que se ejercita y de las formas diversas que viste, y el hombre dominado por la pasión, según la forma particular bajo la que se manifiesta en él, recibe un nombre…, cuando el ansia de manjares supera a la vez al gusto del bien, inspirado por la razón y a los demás deseos, se llama glotonería, y los entregados a esta pasión se les da el epíteto de glotones. Cuando el deseo irracional, sofocando en nuestra alma este gusto del bien, se entrega por entero al placer que promete la belleza, y cuando se lanza con todo el enjambre de deseos de la misma clase sólo a la belleza corporal, su poder se hace irresistible, y sacando su nombre de esta fuerza omnipotente, se le llama amor”.(2)

En el segundo discurso Sócrates nos va a explicar que no es verdad que la pasión propia del amor tenga únicamente carácter negativo, pues las actividades superiores del hombre participan todas de un delirio que indican su origen divino.

“…no hay que desdeñar a un amante apasionado y abandonarse al hombre sin amor, por la sola razón de estar el uno delirante y el otro en su sano juicio. Esto sería muy bueno, si fuese evidente que el delirio es un mal; pero es todo lo contrario; al delirio inspirado por los dioses es al que somos deudores de los más grandes bienes.”(3)

Para poder comprender el valor y el alcance de este delirio, hay que comprender el valor y el alcance del alma humana, debiendo para ello dejar bien sentado el carácter de inmortalidad del alma.

El alma es inmortal como todo aquello que posee en sí mismo el principio de su movimiento “… Así, el ser que se mueve por sí mismo, es el principio del movimiento, y no puede ni nacer, ni perecer, porque de otra manera el cielo entero y todos los seres, que han recibido la existencia, se postrarían en una profunda inmovilidad, y no existiría un principio que les volviera el movimiento, una vez destruido. Queda, pues, demostrado, que lo que se mueve por si mismo es inmortal, y nadie temerá afirmar, que el poder de moverse por sí mismo es la esencia del alma. En efecto, todo cuerpo, que es movido por un impulso extraño, es inanimado; todo cuerpo que recibe el movimiento de un principio interior, es animado; tal es la naturaleza del alma. Si es cierto que lo que se mueve por sí mismo no es otra cosa que el alma, se sigue necesariamente, que el alma no tiene, ni principio, ni fin” (4), y para ello presenta el bellísimo mito de la biga alada.

En este mito, podemos imaginar el alma como un coche alado, guiado por un cochero alado y tirado por dos caballos; pero mientras en el alma de los dioses no hay imperfección alguna, en la del hombre, los dos caballos son de naturaleza absolutamente distinta y opuesta: el uno blanco y noble, tiende al cielo, mientras el otro negro y corpulento, tiende a la tierra; y entonces el cochero queda necesariamente a merced de las dos tendencias de los caballos, que pugnan uno y otro por actuar según sus tendencias. “A la vista del objeto amado, cuando el cochero siente que el fuego del amor penetra su alma toda y que el aguijón del deseo irrita su corazón, el corcel dócil, dominado ahora y siempre por las leyes del pudor, se contiene, para no insultar al objeto amado; pero el otro corcel no atiende al látigo ni al aguijón, da botes, se alborota, y entorpeciendo a la vez a su guía y a su compañero, se precipita violentamente sobre el objeto amado para disfrutar en él de placeres sensuales.”(5)

A cada revolución astronómica, se forma un cortejo de dioses que, guiados por Zeus, se dirigen a los confines del universo hasta asomarse al umbral del otro mundo que es superior a éste, donde se hallan los valores eternos, es decir las Ideas.

Las almas de los hombres se unen al cortejo divino, pero su ascensión se ve dificultada por la discordia entre los dos caballos, y una vez que han llegado al nivel eterno no logran mantenerse en él.

Una vez vueltas a la esfera de nuestro universo, las almas que han visto por lo menos una parte de los valores absolutos, es decir las Ideas, pueden continuar su existencia celeste hasta la próxima revolución y si no degeneran, se quedan para siempre en este estado; mientras que si degeneran olvidan lo que han visto en el mundo de la eternidad y junto con aquellas que no han podido alcanzar la visión de ninguna Idea, se vuelven pesadas y caen a tierra, donde vuelven a encarnarse.

Es importante ver el papel fundamental que juega el amor, no sólo en este diálogo, sino en toda la obra de Platón, pues gracias al impulso que proporciona al alma, hacia las cosas bellas, a las alas que hace crecer en ella, puede ésta remontar su vuelo hacia la idea de la Belleza y empujándola a sumirse cada vez más en la contemplación de lo absoluto, es decir de las formas eternas.

Nada podrá medir el poder que oculta una palabra, el tamaño que ocupa en un papel, los fonemas que articulamos con cada sílaba, su ritmo, el espacio que tienen las palabras junto con la capacidad que contiene de seducción, se desarrolla en los lugares más espirituales, etéreos y livianos del ser humano, y Sócrates era un experto en el dominio de estas.

Un examen de los discursos, lleva a Sócrates, en la segunda parte del diálogo, a fijar el objeto y los modos de la retórica verdadera, esta no es como querían los sofistas, que por entonces dominaban una ciencia con un conjunto de reglas para persuadir a los demás de la bondad de su opinión, sino más bien una guía del alma hacia las Ideas absolutas.

Según Sócrates el arte de la oratoria, es un medio de seducir a las almas por medio de la palabra, tanto sea en los tribunales, en las reuniones públicas y en las reuniones privadas.

Al final del discurso, deja Sócrates sentadas las bases de la retórica científica que se opone a la retórica de los sofistas, que sólo buscan persuadir por medio de la palabra sin importar la defensa de la verdad.

En el mito de Theuth y Thamus se nos muestra fácilmente la postura que Platón tiene al respecto. Escribir quedará entonces relegado al pasatiempo y no como una ocupación seria, para comprender hasta donde llega el poder de la palabra y su condena es necesario que Sócrates le encargue un mensaje a Fedro (para que se lo lleve a Lisias y a todo escritor): únicamente tienen valor las obras de aquellos que las compusieron con conocimiento de la verdad, de aquellos que pueden salir a defenderla.

En general… (aquí continúa el texto de “El amor Platónico: El amor Griego”)

(1)Platón. Fedro. Obras filosóficas de Platón. Medina y Navarro Editores Madrid, 1871. Pag. 255 Volumen 2

(2)Ibid… Pag. 278.

(3)Ibid… Pag. 288

(4)Ibid… 300

(5)Ibid… 303

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