LA MUERTE DE TEZCATLIPOCA

Publicado: agosto 10, 2011 en Arts. Andres Hasler Hangert
Por: Andrés Hasler
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Cada primavera la muerte de Tezcatlipoca era ritualmente escenificada con el sacrificio de un adolescente capturado en batalla (o en una de las expediciones de cacería humana a las que los aztecas, de todos modos, llamaban “guerras”).


Con un año de anticipación se seleccionaba, entre los prisioneros, a un muchacho que se distinguiera por su belleza fìsica. Era preparado y vigilado por un grupo de sacerdotes que, entre otras cosas, cuidaban que la futura víctima viviera en abstinencia sexual (castidad) hasta 20 dìas (un mes azteca) antes de la fecha de su sacrificio. Entonces le eran ofrecidas cuatro doncellas que representaban los cuatro puntos cardinales de la Madre Tierra.

Vaillant (op. cit: 171-172) lo narra de la siguiente manera:

“Un año antes de la ejecución, se escogía al prisionero de guerra más hermoso y valiente. Los sacerdotes le enseñaban modales regios y mientras se paseaba tocando melodías divinas en su flauta, recibía los homenajes tributados al mismo Tezcatlipoca. Un mes antes del día del sacrificio, cuatro doncellas encantadoras se convertìan en sus compañeras y lo complacían en todos sus deseos. El día de su muerte se despedía de sus llorosas consortes para encabezar una procesión en su honor que se distingüia por el júbilo y los festines. Despues decía el último adiós al brillante cortejo y entraba en un pequeño templo, acompañado de ocho sacerdotes que lo habían atendido dorante todo el año: los sacerdotes subían primero las gradas del templo y él los seguía, rompiendo en cada grada una de las flautas que había tocado en las horas felices de su encarnación. En lo alto de la plataforma -y a la vista del pueblo-, lo tendían en la piedra de los sacrificios y el sacaban el corazón. En consideración a su calidad divina anterior, su cuerpo era conducido, no arrojado ignominiosamente por la escalera. Pero sucabeza iba a reunirse con los otros cráneos cortados en una empalizada colocada junto al templo”.

El cuerpo del sacrificado servía era ingerido (como alimento) en un ritual de comunión. Se trataba de un rito de fertilidad. La tierra simplemente devora lo que ella misma ha producido y que 
le sirve de abono.

Los hombres estaban hechos de maíz y, por lo tanto, eran comestibles. Y eran intercambiables con los dioses, porque también los dioses eran hijos de la tierra. Las divinidades eran ritualmente comidas en una ceremonia llamada teocualo (que significa “el dios es comido”):

“… los españoles consideraron como sangrienta ironía a su propia religión cierta costumbre que se parecía (…) a la eucaristía cristiana (…) que era una verdadera ingestión del dios (teocualo), porque los fieles comían la carne del sacrificado que habìa encarnado durante cierto tiempo a uno de sus dioses” (Krickeberg, op. cit: 151).

Bibliografìa:

Walter Krickeberg: Las antiguas culturas mexicanas. México: FCE: 1985

George C. Vaillant: La civilización azteca. México: FCE, 1973.

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