El Seductor de Kierkegaard y Lo Sexual de Sade

Publicado: agosto 24, 2011 en Arts. Jorge Camiro Bobadilla
Escrito por: Lic. Jorge Camiro Bobadilla – Filósofo   

 Habiendo analizado brevemente El diario de un seductor (en otro artículo) al igual de breve que la filosofía de Sade (en otro artículo aquí publicado) entraremos pues en esta forma discursiva contraria, confrontando a estos dos excelentes autores (Kierkegaard y Sade) tenemos que la seducción se nos muestra como un artificio del mundo, está del lado del signo y del rito, y como todo rito tiene un fin racional, no está del lado de la naturaleza Sadiana que se desvela destruyendo el orden de Dios,  para todos los discursos ortodoxos es una magia negra, desviación para todas las verdades y por lo tanto de todo discurso y por lo tanto toda poética está amenazado por esta.

El deseo se sostiene en la carencia, cuando se ve agotado por la demanda, cuando se maneja sin restricción se queda sin realidad, se queda en una aparente locura, que de libre tiene poco, y un claro ejemplo podemos encontrarlo con el Divino Marqués de Sade, que su realidad fue íntimamente desviada del común de los otros discursos, principalmente el ortodoxo cristiano, que lo llevó a estar preso durante casi toda su vida, es necesaria cierta represión de los deseos “La represión es el precio de la cultura”. Lo que queda de esa sombra del deseo obsesiona a la realidad difunta del sexo, cae sobre el yo y consume al sujeto.

Un  filme japonés hoy emblemático, clásico del cine de arte de Nagisa Oshima El imperio de los sentidos (1976), muestra una mujer sin estos límites, luchando por conservar esta represión necesaria para poder vivir en sociedad. El goce solo busca su fin, por lo tanto es inferior a cualquier estrategia que se pueda utilizar a éste como material y al mismo deseo como elemento táctico, como herramienta para satisfacer su demanda. Baudrillard nos dice que es el elemento central de la sexualidad libertina del siglo XVIII, de Laclos a Casanova, pasando por Kierkegaard, para éstos, la seducción es un ceremonial y un ritual. Todos estos ceremoniales y rupturas con la vida restringida por las normas, surgen antes de que se lancen los derechos del hombre y la psicología con la verdad revelada del sexo.

Dejarse llevar por las pulsiones sobrepasando el deseo, como sucede en El imperio de los sentidos, como sucede con la mente de Sade, dónde el juego llegó a ir más allá del goce, porque a pesar de que éste es inferior a cualesquier estrategia, sigue siendo un instinto primario del sujeto parlante, es tocar a la locura que de libre tiene poco. La búsqueda del placer está en el campo de lo natural, la seducción no.

“Si una mujer con su deseo, altera la inalterabilidad en la que el hombre no puede dejar de encerrarla, si se convierte ella misma en demanda inmediata e ilimitada, si no soporta más y no lo soporta más, el hombre se encuentra arrojado a un estado infrasuicida”(1)

La seducción es un juego, el sexo es una función. La primera es del orden de lo ritual, el segundo junto con el deseo son del orden de lo natural. “Es lo que trasluce en el juego más banal de la seducción: me muestro esquivo, no me harás gozar, soy yo quien te hará jugar, y quien te hurtará el goce. Juego movedizo, donde es falso suponer que sólo es una estrategia sexual. Más que nada estrategia de desplazamiento…, de desviación de la verdad del sexo: jugar no es gozar. Ahí hay una especie de soberanía de la seducción, que es una pasión y un juego del orden del signo, y es quien gana a largo plazo porque es un orden reversible e indeterminado”(2)

Cuando el seductor de Kierkegaard se acerca demasiado al objeto de deseo, se marcha, se aleja, pues éste pierde aquel brillo (el de la nariz). Al liberarlo no se encuentra, no se sabe qué es, en parte, no quiere cambiar lo inalterable de esa mujer, que si bien es causante de deseo, también puede ser causante de su perdición y de el como seductor. Valmont, el seductor de Liasons Dangerouxpor ejemplo, tendrá que sacrificar a su amada en pro de la realización seductora, no deberá quedarse con ella pues pondrá en riesgo su seducción, no podrá faltar a su método, pues tendría que caer ante ella, no puede amar, se sacrifica a si mismo al abandonar a su presa y vuelve a comenzar todo el rito de nuevo. La realización sexual se vuelve por lo tanto en un ideal inalcanzable siendo él un mero instrumento. Tomás, en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, nunca se permitirá amar, no puede ni siquiera quedarse a dormir en la cama de una mujer por una noche, Teresa transgrede su persona, es la única que no solamente irrumpe en su casa sino que duerme en ésta y con él, Teresa quiebra esa linea infranqueable que Tomás marcaba, al igual de Valmont y Kierkegaard. La seducción tiene manera de perversión, el sujeto seductor se vuelve objeto de fantasía de Otro que le utiliza como objeto, para Valmont ese Otro que disfruta detrás de la fantasía es la Marquesa de Mertuil prototipo sangriento de su padre que odia a las mujeres de la misma forma que ella misma  las traicionará siendo de su propio género.

Referencias:

(1) Baudrillard Jean. De la seducción. Edit. Catedra. Madrid. 2000, pag. 28

(2) Ibid. pag. 27

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